Ayer por la noche, luego de soportar una penosa enfermedad y rodeado de sus afectos y amigos, falleció en Buenos Aires el Dr. Raúl Ricardo Alfonsín, ex presidente que inaugurara en la Argentina esta nueva etapa en democracia cuando asumió el 10 de diciembre de 1983.
Ha corrido mucha agua bajo el puente desde aquel 30 de junio de 1989 cuando dirigiéndose a la ciudadanía el Dr. Alfonsín resignaba los últimos meses de un mandato convulsionado por los acontecimientos. Electo por una amplia mayoría inició un período de cambio marcado por reconocidos aciertos y discutidas decisiones, pero varios errores y contradicciones, sumados a la grave situación socio-económica, determinaron que se alejara anticipadamente del cargo, abriendo una nueva instancia electoral.
A estas horas, en el Congreso Nacional, ciudadanos, políticos y personalidades de distintos ámbitos manifiestan su pesar y afecto a quien llegó a la Presidencia luego de una intensa actividad en su partido, la Unión Cívica Radical. Sus logros y fracasos quedan para el análisis de la historia, ahora ilustrados en los medios nacionales e internacionales y en boca de los que de alguna forma quieren expresar su reconocimiento o admiración por esa voluntad permanente para alcanzar el concenso a través del diálogo y el respeto por las instituciones republicanas.
Tal vez no sepamos cómo hacer para mirarnos dentro del ombligo y quizás en pocas horas lo olvidemos porque corren tiempos de violencia verbal, intransigencia y resentimiento; en este país nos gusta más ir a los tumbos que aprender de los fatales errores del pasado, pero sobre todo lo que ahora se dice, dejando de lado los oportunismos, debiéramos tomar algo en limpio de este hombre, uno de los últimos políticos cuya figura emerge entre la chatura y decadencia moral a las que nos vamos acostumbrando.

